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Respiro. (Después del temblor)

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Duermo con los zapatos a un lado de la cama, por si hay que salir corriendo. Escucho la sirena de una ambulancia en la calle y se me enchina la piel. A veces pienso que está temblando y observo la estabilidad de las personas y los objetos a mi alrededor para asegurarme de que no es así.

Mis hijos regresaron a clases el martes y ese día, en cuanto estuve sola, se me salieron las lágrimas (los demás días no he llorado, pero no me han faltado las ganas). Cuando los vuelvo a ver por la tarde, los cubro de besos. Estás muy apapachona, me dice Vale. Es que doy gracias de que estás conmigo, le digo. Me despido de mi esposo por las mañanas y lo abrazo con fuerza, tanto tiempo como me lo permite. Qué ganas de quedarnos pegados los cuatro las veinticuatro horas. Familia muégano.

Ayer fui a una clase de yoga. Sentí culpa, como me ha pasado tantas veces en los últimos días cuando he querido hacer algo placentero, divertido, egoísta. Pero hay que ponerse la máscara de oxígeno antes de ayudar al de junto, me repito varias veces al día para seguir adelante. En la clase, me dieron ganas de llorar por el solo hecho de respirar. Esa acción, inconsciente la mayor parte del tiempo, fácilmente la damos por sentado. Y durante el rato que duró la clase, la hice de manera consciente y agradecí cada inhalación, cada exhalación. Respiro. Carajo, qué afortunada soy.

Mis emociones oscilan de un lado a otro a lo largo del día: tristeza, enojo, angustia, miedo, súbita alegría. Poco a poco reanudo mis actividades cotidianas, veo a la gente de siempre, les pregunto cómo están. Y seguimos hablando del temblor, desahogándonos. Estaba en tal lugar, traté de hablarle a mi mamá/esposo/hermano/abuelita/amigo, corrí a la escuela de mi hijo, estuve sin luz tanto tiempo, mi gato se asustó y se escondió por horas, mi vecino me ayudó, abracé a un extraño, busqué dónde podía ayudar… Repetimos la secuencia y tratamos de darle sentido, porque aún no acabamos de procesar los eventos.

Pero poco a poco, lo haremos. Hablaremos menos del temblor, dejaremos de tener pesadillas y de alucinar la alerta sísmica. Ansío recuperar un poco de tranquilidad; como todos, supongo. Pero no quiero que olvidemos.

No quiero que se nos borre el recuerdo del 19 de septiembre del 2017, ni de las víctimas que murieron bajo los escombros. Tampoco que nos crucemos de brazos como sociedad y aceptemos la injusticia; que nos topemos de frente con la corrupción y sucumbamos a ella, la aceptemos como parte indeleble del sistema, o volteemos la cara hacia otro lado para hacer como que no la vimos.

Espero que no olvidemos cómo nos hermanamos frente a la tragedia, ni todo aquello que logramos al hacerlo. Que somos capaces de realizar cosas impresionantes cuando nos unimos. No quiero que dejemos de ser solidarios, amables, cuidadosos con el prójimo.

Tampoco quiero que olvidemos lo diminutos que somos y que no tenemos nada asegurado; somos frágiles y en cualquier momento todo puede desmoronarse. Pertenecemos a la Tierra y no viceversa.

Quiero seguir apapachona. Abrazar fuerte a la gente que quiero. Preguntar cómo están y no asumir su estado emocional. Ser más humana, estar al pendiente del prójimo. Que al caminar, sea consciente del paisaje y de las personas a mi alrededor. Celebrar que estoy viva. (Respiro. Carajo, qué afortunada soy.)

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Angustia

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“Nylon Smile” de Portishead. La música es una máquina del tiempo y esta canción me regresa a una época con el corazón roto. Siempre he sido emocional, tan conectada a mis sentimientos que a veces me aferro a ellos más de lo necesario. Tenía miedo a quedarme sola, a no encontrar un compañero de vida. Una serie de malas experiencias amorosas me hacía desesperar y doler, y escuchaba Portishead en mi recámara con un nudo en la garganta. Third de Portishead. Mi banda sonora para el desamor.

Nueve años después, no estoy sola: tengo tres compañeros de vida. Y mis angustias actuales provienen precisamente de ese no estar sola. Son angustias que ya no se quedan en mi pecho ni en mi recámara: provienen del exterior e irradian de vuelta hacia allá. Me angustia lo que hay del otro lado de la ventana: la violencia, el desencanto, la indiferencia, el vacío, la desconexión con la Tierra que nos parió.

El amor por estos tres me catapulta hacia la consciencia y el dolor por el mundo donde viven. Pero con este dolor también ha llegado una esperanza que a veces me conmueve hasta las lágrimas. Una esperanza que me da fuerza para sobrellevar la angustia: me temo lo peor, pero aprendo a esperar lo mejor. Con el miedo convive el amor y cada día me esfuerzo en cultivarlo. Porque no estoy sola. Y como dice la canción de Wilco, esa vieja favorita: “our love is all we got, honey”.

No lo mató el grunge

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Uf. Me acuerdo de escuchar a Chris Cornell en mi recámara durante la adolescencia. Llegué tarde al grunge, pero ese mood oscuro le sentaba bien a mis emociones, propias de la edad. Su etapa solista y en Audioslave sí me tocaron de lleno. Escuchaba a Cornell, cerraba los ojos y me enamoraba de ese vocerrón, con todo el sentimiento que él era capaz de proyectar. Lo veía en MTV y encima de todo, me parecía tan guapo y magnético…

Ayer lo encontraron muerto y horas más tarde, se hizo oficial: fue un suicidio. Si esto hubiera pasado hace quince años, habría pensado cosas como “qué será de la música sin él”, “qué dura ha de ser la vida de un rockstar“, “pobre artista torturado por sus demonios”… Pero sucedió ayer y cuando leí la noticia, lo primero que pasó por mi mente fue su familia; los hijos que lo sobreviven, su esposa, el dolor que nunca los abandonará.

Pensé también en esta carta escrita por la ex esposa y los hijos de Scott Weiland, y en cómo este tipo de muerte tiende a glorificarse de alguna manera, a rodearse de un halo místico inherente al rock, o a la música, o al arte. Ayer en Ibero 90.9 un locutor dijo algo como “la tristeza del grunge lo mató”. Pero no. No hay nada místico aquí. Hubo un hombre alhohólico y depresivo, que con tratamiento oportuno, quizá seguiría vivo, vería a sus hijos crecer y realizar sus sueños, crearía más música y otros proyectos. No lo mató el grunge ni los demonios del artista, sino la enfermedad. Tal vez si no hubiera tantos estigmas alrededor del alcoholismo y la depresión, si se propagaran menos mitos y más información, cobrarían menos vidas.

El talento de Cornell me parece innegable y este final me estruja el corazón. Ojalá hubiera encontrado otra salida. Y ojalá su muerte al menos nos impulse a hablar con mayor apertura sobre estos temas.

¿Para quién escribo?

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Este año, al principio con toda la intención y ahora casi sin pensarlo, he buscado más lecturas por escritoras. Por curiosidad, por apoyo, porque muchas veces sólo una mujer puede escribir lo que necesito leer. Porque en una clase de literatura de la carrera, al preguntarle por qué no leímos a una sola mujer en el semestre, la maestra dijo que “no hay muchas escritoras buenas” (y diez años después, sigo pensando en esa frase con frecuencia, y molestándome con su ignorancia y misoginia). Porque un día observé mi librero, descubrí que predominaban los hombres y me sentí incómoda. Y sobre todo, porque cada vez descubro más voces femeninas potentes, agudas, irónicas, elocuentes, deslumbrantes.

En estos meses, he leído (en varias ocasiones, por primera vez) a Marguerite Yourcenar, Rebecca Solnit, Elena Garro, Valeria Luiselli, Jenny Offill, Joan Didion, Rebecca Miller y Claire Vaye Watkins. De esta última, leí Battleborn, una colección de cuentos, y me dejó con un agujero en el estómago. Qué fuerte, qué descarnado, pensé. Me costó trabajo terminarlo, no porque fuera malo, sino porque los temas eran tan crudos y ella los desentrañaba con la precisión de un microcirujano. Casi, casi con frialdad. Y ayer en la mañana, me topé con su artículo “On Pandering”, donde explica cómo ese libro y tanto de lo que había escrito hasta entonces lo creó con la intención de complacer a escritores del género masculino. Entonces, comprendí ese tono de sus cuentos y me quedé pensando. ¿Para quién escribo yo?

Le conté esto a mi esposo ayer en la noche y con brutal honestidad, me dijo que aunque le gustan mis cuentos, no encuentra mi esencia ahí. Que no ve ahí mi intensidad ni a esa mujer cuyas emociones se desbordan varias veces al día, ni todos esos temas de los que hablo con pasión en la sobremesa. Tengo más de un año sin escribir algo de ficción (lo mismo pasó cuando nació Valentina), así que puedo releer mis historias con frialdad. Y estoy de acuerdo. ¿A quién quería complacer? No estoy segura, pero sé que no buscaba complacerme a mí misma y estoy segura de que eso debería ser lo principal. Y entonces regreso a lo femenino: creo que he tenido miedo de expresarme como mujer. De que mi sensibilidad caiga en la cursilería, de no ser tomada en serio. Escribí cuentos superficiales, con un dejo de humor, para construir una coraza y no revelar mis sentimientos. Pero las escritoras que admiro no trabajan escondidas tras escudos o murallas; no, se desnudan, se descosen y dejan todo sobre las páginas. Y por eso logran estremecerme.

Escribir no es para los cobardes.

¿Por qué escribo, en realidad? La respuesta es sencilla: porque lo necesito. Esta es la actividad que me mantiene relativamente cuerda. Entonces ¿para quién lo hago? Para mí. Si esa sinceridad resuena sobre alguien más, bien. Y si no, igual seguiré escribiendo. No tengo alternativa.

A favor de las sutilezas

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Este año descubrí a Rebecca Solnit. He leído dos libros suyos en estos meses, Hope in the Dark, sobre la importancia de la esperanza en los tiempos difíciles; y ahora Men Explain Things to Me, cuyo título lo dice todo. A veces uno se encuentra con un autor en el momento preciso de la vida, cuando más necesitabas sus palabras… y así ha sido para mí con Solnit. Cerca del final de Men Explain Things to Me escribió estas frases, cuya idea lleva un tiempo en mi cabeza, pero que Solnit describe con más elocuencia de la que yo soy capaz:

“It is difficult, sometimes even impossible, to value what cannot be named or described, and so the task of naming and describing is an essential one in any revolt against the status quo of capitalism and consumerism. […] The revolt against this destruction is a revolt of the imagination, in favor of subtleties, of pleasures money can’t buy and corporations can’t command, of being producers rather than consumers of meaning, of the slow, the meandering, the digressive, the exploratory, the numinous, the uncertain.”

La vida moderna llena la mente de ruido, de necesidades inventadas, de deseos por cosas que nunca nos brindarán verdadera satisfacción. Yo quiero despojarme de mucho de ese ruido, necesitar menos objetos, moverme de forma más pausada y con mayor curiosidad, poner más atención a las sutilezas. Veo a mis hijos como pequeños maestros que me impulsan a vivir en el momento, a buscar palabras para lo intangible, a explorar, a imaginar nuevas posibilidades frente a lo desconocido. Me recuerdan que las cosas en realidad valen poco en contraste con las experiencias.

Deseo un fin de semana pausado, lo cual parece contradictorio con tener hijos chiquitos, pero en realidad no lo es. Se trata de saborear los momentos, por ajetreados que sean. Que nuestro paso por este puntito del universo valga la pena, porque es lo único que tenemos.

Valentina, valentía

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Me cae bien mi Valentina.

Sí, es muy femenina; mucho más que yo. Le gusta usar faldas, ponerse brillito en los labios y moños en la cabeza. Juega a las muñecas y su favorita es Rapunzel. Lo curioso es que en sus juegos, Rapunzel es mucho más atrevida e interesante que en el cuento: anda en bicicleta sobre el tejado de una casa, viaja sola a islas recónditas y nunca se quiere casar con Max Godín (así le puse a su muñeco Ken, porque tiene un estilo de vestir muy oficinista). Y en cierto modo, así es Vale.

Es bastante más intrépida de lo que yo era a su edad. Le gusta correr y lo hace rápido – todos los días hace carreras con su papá y sospecho que es uno de sus momentos favoritos del día. En la escuela, suele jugar con niños: dice que sus juegos son más divertidos. Las niñas juegan a la casita y a veces se une a la dinámica, pero usualmente prefiere imaginar que es súper héroe, correr, volar (aunque sea de mentiras) y salvar a algunas personas. 

Habla fuerte y pregunta muchas cosas; le gusta observar e investigar. Hasta hace unos meses, decía que de grande iba a ser pintora, pero después hizo una exposisión sobre las ballenas en el kinder y decidió que preferiría ser bióloga marina. Aunque también le fascinan las estrellas, los planetas y la luna, así que quisiera ser astronauta al mismo tiempo. Y tocar tambores, porque es divertido.

No deja que los estereotipos de la feminidad le dicten quién es o será. Y le deseo que no lo permita más adelante, que permanezca fiel a sí misma: que sea bióloga marina o pintora o chef o contadora o médico, que baile ballet o practique karate, que use maquillaje o ande de cara lavada… lo que la haga feliz, no lo que otros esperen de ella. Que cuide su cuerpo porque es frágil y precioso, el único que tendrá…. pero que lo reconozca por lo que es: solamente un medio de transporte para viajar por la vida. Que sea tan osada como ahora, que se atreva a desafiar, porque sólo así podrá pavimentar su camino (me gusta que en su nombre ya lleva la valentía, al menos por escrito). Que no haga caso a quienes le digan que las niñas no corren rápido o no son buenas para las matemáticas. Que no piense que ser mujer es un terreno limitado: al contrario, es un océano lleno de posibilidades, que cambia de manera incesante. 

Finalmente, le deseo que cuando tenga mi edad, no haga falta un día de la mujer. Ojalá viva en un mundo donde realmente exista la equidad que se merece. Y si no es así… entonces lo repetiré: “Valiente, Valentina. Valiente.”

Una semilla

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Isidro Baldenegro. (Fuente: The Goldman Environmental Prize)

Para los rarámuri o tarahumaras, el bosque es sagrado y todo en su vida está vinculado a la naturaleza. Por eso, esta comunidad indígena defiende su tierra, agua y bosques, a pesar del riesgo que conlleva en la actualidad, cuando la sierra Tarahumara es devastada por la tala ilegal. Isidro Baldenegro fue un líder en esta lucha. Su padre, Julio Baldenegro, también defensor de los bosques, fue asesinado en 1986 – un crimen que nunca fue resuelto. Después de esto, el hijo tomó la estafeta y desarrolló un movimiento de no violencia para combatir la tala de pinos y robles en la sierra Tarahumara. En el 2002 y 2003, realizó marchas que condujeron a la suspensión temporal de la tala; poco después, fue encarcelado injustamente y liberado tras 15 meses. Dos años más tarde, recibió el premio Goldman Medioambiental.

El 15 de enero de este año, fue asesinado. Llevaba una década en exilio, consternado por las amenazas hacia él y su familia; el mes pasado, regresó a casa para visitar a un tío enfermo y recibió seis disparos. Los fiscales de Chihuahua afirmaron que ya identificaron al asesino y están buscándolo… Ojalá así sea y este crimen no quede impune.

Ya pasaron tres semanas, pero desde que leí la noticia, pienso en Baldenegro todos los días. El bosque es sagrado, claro que sí. Es fuerza, es vida. Produce oxígeno, es hogar para muchos animales y plantas, y gestiona el clima. Nadie tendría que luchar por él, porque nadie debería destruirlo: es evidente cuánto lo necesitamos y cuánto le debemos a éste. Sin embargo, hay intereses que pesan más que la vida y por eso han muerto dos Baldenegro, entre muchos otros activistas ambientales. (El 1 de febrero, también en Chihuahua, fue asesinado Juan Ontiveros Ramos, otro activista que también trabajó por la conservación del bosque.) Escribo esto porque creo que no se ha hablado suficiente sobre este crimen terrible (yo lo leí primero en The Guardian y después, en unos cuantos medios nacionales) y porque lo traigo como una espina en el corazón.

Y escribo de nuevo sobre la esperanza, porque es un tema recurrente en mi cabeza en estos momentos. Es en tiempos así cuando hay que buscarla y nutrirla, porque es el motor para seguir adelante. “Debemos aceptar decepciones finitas, pero nunca perder esperanza infinita”, dijo Martin Luther King Jr. Y con ella, hay que luchar por lo que creemos correcto. Es radical morir por el bosque y no todos estamos dispuestos a ello. Pero sí es nuestra responsabilidad defender la Tierra, cuidarla con el alma y el corazón, y más que una huella, dejar una semilla para el futuro.

Sí, tengo esperanza y late muy fuerte.