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Pink Rabbits

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Hay canciones que logran golpearme con una sola frase, sencilla pero cargada de sentimiento. Me pasa mucho con The National: Matt Berninger abre la boca, suelta unas cuantas palabras y se me pone la piel chinita, el corazón se me hace agua y se desborda. Admiro su capacidad para contar tanto sobre las relaciones, la cotidianidad, los sentimientos, la pérdida, el miedo… en un espacio tan breve. (En “Afraid of Everyone”, por ejemplo: “With my kid on my shoulders I try/ not to hurt anybody I like.” Sí, así se siente.)

Este año he escuchado mucho a The National mientras escribo. Me lleno de sensaciones que después necesitan salir transformadas en otra cosa, en una historia, en palabras que son mías, aunque no del todo.

Los vi en vivo hace unos meses. El ofta me acompañó, aunque no le gustan tanto. “¿Por qué te gusta la música triste?”. No sé. La vida siempre tiene un poco de tristeza.

Pero volvamos a las frases. A ésta, en particular: “I’m so surprised you want to dance with me now/ I was just getting used to living life without you around.” Bum.

 

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Mi 2017 en libros

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2017 fue un año muy ajetreado para mí, sumergida en la maternidad. Pero hice un esfuerzo por no dejar a un lado la lectura, porque esos ratos que le dedico me serenan y fortalecen. Son momentos para reflexionar, dejar que la mente viaje y salga de la burbuja de la cotidianidad. Hice un recuento de mis favoritos para revisitarlos e iniciar el 2018 con ganas de seguir expandiendo la mente. Estas nueve lecturas (novelas, cuentos y no ficción) me marcaron, ya sea por la contundencia del tema, por lo humano de sus personajes, por la belleza del estilo o por todas las anteriores.

(Notas: No necesariamente fueron publicadas en el 2017, sólo leídas por mí durante ese año. Están acomodadas en el orden en el cual las fui leyendo, no conforme a cuál me gustó más o menos.)

9781608465767-f_medium-2f1e8dbafb4b3334d0db297eed405179Rebecca Solnit, Hope in the Dark. Un libro que llegó a mi vida en el momento preciso, cuando la desesperanza se colaba con facilidad en mi día a día. ¿Cómo encontrar esperanza en un mundo que con frecuencia luce tan oscuro, tan difícil, tan roto? Solnit plantea que sí es posible e incluso es una herramienta importante en el activismo. Si no creemos que la situación puede mejorar, no encontraremos el sentido para actuar. “Authentic hope requires clarity – seeing the troubles in this world – and imagination, seeing what might lie beyond these situations that are perhaps not inevitable and immutable”. Éste es el libro con el cual me enamoré de la escritura de Solnit y no hubo vuelta atrás; quiero leerlo todo.

ninosperdidosValeria Luiselli, Los niños perdidos. Un ensayo que se despliega a través de las 40 preguntas que conforman el cuestionario aplicado por la Corte Federal de Inmigración de Nueva York a los niños migrantes para decidir si serán deportados o no. Una lectura muy dura, que cobra fuerza en la mente y el corazón gracias a la prosa hábil de Luiselli. Me abrió los ojos a muchos factores de la crisis migratoria de Estados Unidos, sobre todo al hecho de que no podemos echarle toda la culpa del problema a este país, que no es posible negar nuestra propia responsabilidad como mexicanos.  Aún no me lo saco de la cabeza.

9781847088741Jenny Offill, Dept of Speculation. Creo que ésta fue mi novela favorita del año. La historia no tiene nada de extraordinario: el retrato de un matrimonio que se desmorona, de una madre que está constantemente al borde. Pero qué retrato tan preciso, tan divertido, tan honesto. Offill puede ser brutalmente honesta, graciosa y conmovedora en su sólo párrafo. Es un libro breve, que parece haber sido exprimido hasta dejar sólo la pulpa. Omite lo más obvio y al hacerlo, quedan observaciones puntuales, como anotaciones cortas pero elocuentes sobre la vida de la protagonista, que se refiere a sí misma simplemente como “the wife”. Acá una de mis frases favoritas: “At night, they lie in bed holding hands. It is possible if she is stealthy enough that the wife can do this while secretly giving the husband the finger.”

entre-el-mundo-y-yo-ta-nehisi-coatesTa-Nehisi Coates, Entre el mundo y yo. La carta del autor a su hijo, donde desmenuza todas sus preocupaciones sobre las dificultades que se le presentarán al crecer como un niño negro en Estados Unidos. La precisión con la cual narra los hechos y desglosa las cifras, aunada a la sinceridad con la que cuenta anécdotas sobre su vida y la paternidad, resulta en una lectura que removió muchos sentimientos en mí. “Lo que quiero para ti es que seas un ciudadano consciente de que este mundo es terrible y hermoso”, escribe Coates. Cómo no sentir que se estruja el corazón.

826351Joan Didion, The Year of Magical Thinking. Me gustan los libros que hablan sobre pérdidas conyugales (Di su nombre de Francisco Goldman o Niveles de vida de Julian Barnes, por ejemplo), porque me obligan a repensar muchas cosas, a reflexionar sobre las relaciones, a saborear esto que en un instante se convertirá en recuerdo. Didion narra aquí uno de los años más duros de su vida: cuando su marido murió repentinamente y su hija tuvo una severa crisis de salud. Un libro triste, azulado, donde Didion desmenuza trozos de su historia para volver a encontrar el sentido de su vida. “I could not count the times during the average day when something would come up that I needed to tell him. This impulse did not end with his death. What ended was the possibility of response.”

Commonwealth-anne-patchettAnn Patchett, Commonwealth. Todo comienza con un bautizo que se convierte en una borrachera comunal. Después de esa tarde (y un beso robado), un matrimonio termina y comienza otro; dos familias se mezclan y los hijos deben aprender a lidiar con ello.  No quiero contar mucho más sobre la trama porque la disfruté un montón, pero puedo decir que es una novela donde nadie es perfecto, donde todos cargan con errores y con la culpa que éstos generan. Se equivocan en grande y hay un evento trágico a causa de ello, dejando a los personajes lidiando con el “hubiera”. Espero leer algo más de Patchett en el 2018, porque no quería que este libro se acabara.

a-manual-for-cleaning-women-by-lucia-berlinLucia Berlin, A Manual for Cleaning Women. Berlin me hizo reír, llorar, enojar. Con qué apertura escribió estas historias, desvelando sin pudor tanto de su vida. Los temas son duros: adicciones, enfermedad, relaciones tóxicas, muerte. Pero Berlin narra con sentido del humor y sus cuentos son profundamente humanos; uno no puede dejar de leer porque se encuentra a sí mismo entre las páginas. Aquí un fragmento que sigue rebotando en mi cabeza: “How could she talk to Sally about her alcoholism? It was not like talking about death, or losing a husband, losing a breast. People said it was a disease, but nobody made her pick up the drink. I’ve got a fatal disease. I am terrified, Dolores wanted to say, but she didn’t.”

30244626._UY400_SS400_Paul Auster, 4321. Lo tuve frente a mí por primera vez y me pareció imponente: una novela de casi 900 páginas, donde se desarrollan cuatro versiones del mismo personaje. Pero desde el momento que lo abrí, ya no quise soltarlo hasta llegar al final. Auster despliega cuatro historias de crecimiento para Archie Ferguson, a quien llegué a querer en cada versión, con su pasión por la lectura, la escritura y el cine, con sus enamoramientos y amistades. Auster muestra un lado mucho más tierno al mirar hacia la infancia y la adolescencia, y me cayó mejor que nunca.

The_vegetarian_-_han_kangHan Kang, The Vegetarian. A partir de una pesadilla, Yeonh-hye decide dejar de comer carne. Esta decisión no es bien recibida por su esposo ni por su familia, quienes no hacen un esfuerzo por escucharla o comprenderla: se antepone su necesidad de control, de regresar a la “normalidad”. Una historia que se puede interpretar como una crítica a la violencia de género, al acoso sexual, al abuso y degradación de la naturaleza… Cualquiera que sea la interpretación del lector, la sensación que deja es escalofriante, pero el lenguaje preciso y elegante de la autora incita a seguir leyendo. Una novela que quieres compartir con alguien inmediatamente después de terminar para poder discutirla con otra persona.

A contracorriente

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Abrir los ojos cuando el instinto es cerrarlos.

Detenerse a observar cuando la sociedad nos incita a correr.

Ser consciente cuando el mundo está plagado de inconsciencia.

Aceptar el dolor cuando hay tanta anestesia disponible.

Escribir cuando nadie tiene tiempo para leer.

Nadie dijo que esto sería fácil.

Cuando la gente buena se va

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Ayer murió mi amigo Jay. Luchó mucho tiempo, años, contra el cáncer. Luchó con todas sus fuerzas y con todo el optimismo que lo caracterizaba. Porque nunca he conocido a alguien con mejor actitud – y ésta no es una de aquellas hipérboles que utilizamos después de que alguien muere, cuando idealizamos todas sus cualidades porque ya no está. No. De verdad tenía una actitud impresionante, una luz interna que brillaba con fuerza, aún cuando su cuerpo estaba tan débil.

Antier supe que ya estaba muy mal. Agonizando, es el término exacto. Pero “agonizar” es una palabra que siempre relacioné con ancianos, con gente de ochenta, noventa, cien años, que ya había tenido una vida completa. Hace un par de semanas, mi tía abuela agonizaba, y aunque fue doloroso imaginarla respirando cada vez más despacio, con mi papá, mi tía y mi abuela tomándole las manos, tenía sentido: era una anciana de noventa y tantos, tuvo una vida larga, cerró su ciclo en este mundo. Pero Jay tenía mi edad.

Parte de mí está tranquila porque ya descansa, no siente dolor, es libre de las ataduras de la enfermedad. Pero duele. Duele porque era mi amigo, pero sobre todo, porque era pura buena onda. Fue un hombre generoso con su tiempo, su dinero, pero sobre todo con su cariño, el cual entregaba sin pensarlo dos veces. Y cuánta buena onda y generosidad le hacen falta al mundo, cuánto necesitamos gente como él.

Cuando hablaba de esto con mi marido hoy en la mañana, se quedó pensando un momento y luego me dijo que cuando muere gente buena, nos corresponde tomar la estafeta. Asumir esa actitud positiva, esa generosidad, esa buena onda. Disfrutar, agradecer, saborear, valorar el tiempo. Abrazar a nuestra gente, no escatimar con nuestro afecto. Ser amables con la familia, los amigos e incluso con los extraños. Realizar los proyectos que tenemos en mente, entregar el corazón a aquello que nos apasiona. Carpe diem. Su camino de bondad no puede quedar truncado, nosotros debemos continuar su construcción.

Hace unos años, fui con Jay al cine, a ver 500 Days of Summer. Le encantó la secuencia donde Joseph Gordon-Levitt baila al ritmo de “You Make My Dreams” de Hall & Oates, ligero y feliz, con todos a su alrededor vestidos de azul y uniéndose a sus pasos. Esa canción lo ponía de súper buen humor. Y así me lo quiero imaginar ahorita: bailando con una sonrisa enorme, ligero y feliz.

Jay, por si acaso puedes leer esto, dondequiera que estés ahora: Te quiero mucho, amigo. Buen viaje y hasta pronto.

Respiro. (Después del temblor)

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Duermo con los zapatos a un lado de la cama, por si hay que salir corriendo. Escucho la sirena de una ambulancia en la calle y se me enchina la piel. A veces pienso que está temblando y observo la estabilidad de las personas y los objetos a mi alrededor para asegurarme de que no es así.

Mis hijos regresaron a clases el martes y ese día, en cuanto estuve sola, se me salieron las lágrimas (los demás días no he llorado, pero no me han faltado las ganas). Cuando los vuelvo a ver por la tarde, los cubro de besos. Estás muy apapachona, me dice Vale. Es que doy gracias de que estás conmigo, le digo. Me despido de mi esposo por las mañanas y lo abrazo con fuerza, tanto tiempo como me lo permite. Qué ganas de quedarnos pegados los cuatro las veinticuatro horas. Familia muégano.

Ayer fui a una clase de yoga. Sentí culpa, como me ha pasado tantas veces en los últimos días cuando he querido hacer algo placentero, divertido, egoísta. Pero hay que ponerse la máscara de oxígeno antes de ayudar al de junto, me repito varias veces al día para seguir adelante. En la clase, me dieron ganas de llorar por el solo hecho de respirar. Esa acción, inconsciente la mayor parte del tiempo, fácilmente la damos por sentado. Y durante el rato que duró la clase, la hice de manera consciente y agradecí cada inhalación, cada exhalación. Respiro. Carajo, qué afortunada soy.

Mis emociones oscilan de un lado a otro a lo largo del día: tristeza, enojo, angustia, miedo, súbita alegría. Poco a poco reanudo mis actividades cotidianas, veo a la gente de siempre, les pregunto cómo están. Y seguimos hablando del temblor, desahogándonos. Estaba en tal lugar, traté de hablarle a mi mamá/esposo/hermano/abuelita/amigo, corrí a la escuela de mi hijo, estuve sin luz tanto tiempo, mi gato se asustó y se escondió por horas, mi vecino me ayudó, abracé a un extraño, busqué dónde podía ayudar… Repetimos la secuencia y tratamos de darle sentido, porque aún no acabamos de procesar los eventos.

Pero poco a poco, lo haremos. Hablaremos menos del temblor, dejaremos de tener pesadillas y de alucinar la alerta sísmica. Ansío recuperar un poco de tranquilidad; como todos, supongo. Pero no quiero que olvidemos.

No quiero que se nos borre el recuerdo del 19 de septiembre del 2017, ni de las víctimas que murieron bajo los escombros. Tampoco que nos crucemos de brazos como sociedad y aceptemos la injusticia; que nos topemos de frente con la corrupción y sucumbamos a ella, la aceptemos como parte indeleble del sistema, o volteemos la cara hacia otro lado para hacer como que no la vimos.

Espero que no olvidemos cómo nos hermanamos frente a la tragedia, ni todo aquello que logramos al hacerlo. Que somos capaces de realizar cosas impresionantes cuando nos unimos. No quiero que dejemos de ser solidarios, amables, cuidadosos con el prójimo.

Tampoco quiero que olvidemos lo diminutos que somos y que no tenemos nada asegurado; somos frágiles y en cualquier momento todo puede desmoronarse. Pertenecemos a la Tierra y no viceversa.

Quiero seguir apapachona. Abrazar fuerte a la gente que quiero. Preguntar cómo están y no asumir su estado emocional. Ser más humana, estar al pendiente del prójimo. Que al caminar, sea consciente del paisaje y de las personas a mi alrededor. Celebrar que estoy viva. (Respiro. Carajo, qué afortunada soy.)

Angustia

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“Nylon Smile” de Portishead. La música es una máquina del tiempo y esta canción me regresa a una época con el corazón roto. Siempre he sido emocional, tan conectada a mis sentimientos que a veces me aferro a ellos más de lo necesario. Tenía miedo a quedarme sola, a no encontrar un compañero de vida. Una serie de malas experiencias amorosas me hacía desesperar y doler, y escuchaba Portishead en mi recámara con un nudo en la garganta. Third de Portishead. Mi banda sonora para el desamor.

Nueve años después, no estoy sola: tengo tres compañeros de vida. Y mis angustias actuales provienen precisamente de ese no estar sola. Son angustias que ya no se quedan en mi pecho ni en mi recámara: provienen del exterior e irradian de vuelta hacia allá. Me angustia lo que hay del otro lado de la ventana: la violencia, el desencanto, la indiferencia, el vacío, la desconexión con la Tierra que nos parió.

El amor por estos tres me catapulta hacia la consciencia y el dolor por el mundo donde viven. Pero con este dolor también ha llegado una esperanza que a veces me conmueve hasta las lágrimas. Una esperanza que me da fuerza para sobrellevar la angustia: me temo lo peor, pero aprendo a esperar lo mejor. Con el miedo convive el amor y cada día me esfuerzo en cultivarlo. Porque no estoy sola. Y como dice la canción de Wilco, esa vieja favorita: “our love is all we got, honey”.

No lo mató el grunge

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Uf. Me acuerdo de escuchar a Chris Cornell en mi recámara durante la adolescencia. Llegué tarde al grunge, pero ese mood oscuro le sentaba bien a mis emociones, propias de la edad. Su etapa solista y en Audioslave sí me tocaron de lleno. Escuchaba a Cornell, cerraba los ojos y me enamoraba de ese vocerrón, con todo el sentimiento que él era capaz de proyectar. Lo veía en MTV y encima de todo, me parecía tan guapo y magnético…

Ayer lo encontraron muerto y horas más tarde, se hizo oficial: fue un suicidio. Si esto hubiera pasado hace quince años, habría pensado cosas como “qué será de la música sin él”, “qué dura ha de ser la vida de un rockstar“, “pobre artista torturado por sus demonios”… Pero sucedió ayer y cuando leí la noticia, lo primero que pasó por mi mente fue su familia; los hijos que lo sobreviven, su esposa, el dolor que nunca los abandonará.

Pensé también en esta carta escrita por la ex esposa y los hijos de Scott Weiland, y en cómo este tipo de muerte tiende a glorificarse de alguna manera, a rodearse de un halo místico inherente al rock, o a la música, o al arte. Ayer en Ibero 90.9 un locutor dijo algo como “la tristeza del grunge lo mató”. Pero no. No hay nada místico aquí. Hubo un hombre alhohólico y depresivo, que con tratamiento oportuno, quizá seguiría vivo, vería a sus hijos crecer y realizar sus sueños, crearía más música y otros proyectos. No lo mató el grunge ni los demonios del artista, sino la enfermedad. Tal vez si no hubiera tantos estigmas alrededor del alcoholismo y la depresión, si se propagaran menos mitos y más información, cobrarían menos vidas.

El talento de Cornell me parece innegable y este final me estruja el corazón. Ojalá hubiera encontrado otra salida. Y ojalá su muerte al menos nos impulse a hablar con mayor apertura sobre estos temas.