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No lo mató el grunge

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Uf. Me acuerdo de escuchar a Chris Cornell en mi recámara durante la adolescencia. Llegué tarde al grunge, pero ese mood oscuro le sentaba bien a mis emociones, propias de la edad. Su etapa solista y en Audioslave sí me tocaron de lleno. Escuchaba a Cornell, cerraba los ojos y me enamoraba de ese vocerrón, con todo el sentimiento que él era capaz de proyectar. Lo veía en MTV y encima de todo, me parecía tan guapo y magnético…

Ayer lo encontraron muerto y horas más tarde, se hizo oficial: fue un suicidio. Si esto hubiera pasado hace quince años, habría pensado cosas como “qué será de la música sin él”, “qué dura ha de ser la vida de un rockstar“, “pobre artista torturado por sus demonios”… Pero sucedió ayer y cuando leí la noticia, lo primero que pasó por mi mente fue su familia; los hijos que lo sobreviven, su esposa, el dolor que nunca los abandonará.

Pensé también en esta carta escrita por la ex esposa y los hijos de Scott Weiland, y en cómo este tipo de muerte tiende a glorificarse de alguna manera, a rodearse de un halo místico inherente al rock, o a la música, o al arte. Ayer en Ibero 90.9 un locutor dijo algo como “la tristeza del grunge lo mató”. Pero no. No hay nada místico aquí. Hubo un hombre alhohólico y depresivo, que con tratamiento oportuno, quizá seguiría vivo, vería a sus hijos crecer y realizar sus sueños, crearía más música y otros proyectos. No lo mató el grunge ni los demonios del artista, sino la enfermedad. Tal vez si no hubiera tantos estigmas alrededor del alcoholismo y la depresión, si se propagaran menos mitos y más información, cobrarían menos vidas.

El talento de Cornell me parece innegable y este final me estruja el corazón. Ojalá hubiera encontrado otra salida. Y ojalá su muerte al menos nos impulse a hablar con mayor apertura sobre estos temas.

¿Para quién escribo?

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Este año, al principio con toda la intención y ahora casi sin pensarlo, he buscado más lecturas por escritoras. Por curiosidad, por apoyo, porque muchas veces sólo una mujer puede escribir lo que necesito leer. Porque en una clase de literatura de la carrera, al preguntarle por qué no leímos a una sola mujer en el semestre, la maestra dijo que “no hay muchas escritoras buenas” (y diez años después, sigo pensando en esa frase con frecuencia, y molestándome con su ignorancia y misoginia). Porque un día observé mi librero, descubrí que predominaban los hombres y me sentí incómoda. Y sobre todo, porque cada vez descubro más voces femeninas potentes, agudas, irónicas, elocuentes, deslumbrantes.

En estos meses, he leído (en varias ocasiones, por primera vez) a Marguerite Yourcenar, Rebecca Solnit, Elena Garro, Valeria Luiselli, Jenny Offill, Joan Didion, Rebecca Miller y Claire Vaye Watkins. De esta última, leí Battleborn, una colección de cuentos, y me dejó con un agujero en el estómago. Qué fuerte, qué descarnado, pensé. Me costó trabajo terminarlo, no porque fuera malo, sino porque los temas eran tan crudos y ella los desentrañaba con la precisión de un microcirujano. Casi, casi con frialdad. Y ayer en la mañana, me topé con su artículo “On Pandering”, donde explica cómo ese libro y tanto de lo que había escrito hasta entonces lo creó con la intención de complacer a escritores del género masculino. Entonces, comprendí ese tono de sus cuentos y me quedé pensando. ¿Para quién escribo yo?

Le conté esto a mi esposo ayer en la noche y con brutal honestidad, me dijo que aunque le gustan mis cuentos, no encuentra mi esencia ahí. Que no ve ahí mi intensidad ni a esa mujer cuyas emociones se desbordan varias veces al día, ni todos esos temas de los que hablo con pasión en la sobremesa. Tengo más de un año sin escribir algo de ficción (lo mismo pasó cuando nació Valentina), así que puedo releer mis historias con frialdad. Y estoy de acuerdo. ¿A quién quería complacer? No estoy segura, pero sé que no buscaba complacerme a mí misma y estoy segura de que eso debería ser lo principal. Y entonces regreso a lo femenino: creo que he tenido miedo de expresarme como mujer. De que mi sensibilidad caiga en la cursilería, de no ser tomada en serio. Escribí cuentos superficiales, con un dejo de humor, para construir una coraza y no revelar mis sentimientos. Pero las escritoras que admiro no trabajan escondidas tras escudos o murallas; no, se desnudan, se descosen y dejan todo sobre las páginas. Y por eso logran estremecerme.

Escribir no es para los cobardes.

¿Por qué escribo, en realidad? La respuesta es sencilla: porque lo necesito. Esta es la actividad que me mantiene relativamente cuerda. Entonces ¿para quién lo hago? Para mí. Si esa sinceridad resuena sobre alguien más, bien. Y si no, igual seguiré escribiendo. No tengo alternativa.

A favor de las sutilezas

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Este año descubrí a Rebecca Solnit. He leído dos libros suyos en estos meses, Hope in the Dark, sobre la importancia de la esperanza en los tiempos difíciles; y ahora Men Explain Things to Me, cuyo título lo dice todo. A veces uno se encuentra con un autor en el momento preciso de la vida, cuando más necesitabas sus palabras… y así ha sido para mí con Solnit. Cerca del final de Men Explain Things to Me escribió estas frases, cuya idea lleva un tiempo en mi cabeza, pero que Solnit describe con más elocuencia de la que yo soy capaz:

“It is difficult, sometimes even impossible, to value what cannot be named or described, and so the task of naming and describing is an essential one in any revolt against the status quo of capitalism and consumerism. […] The revolt against this destruction is a revolt of the imagination, in favor of subtleties, of pleasures money can’t buy and corporations can’t command, of being producers rather than consumers of meaning, of the slow, the meandering, the digressive, the exploratory, the numinous, the uncertain.”

La vida moderna llena la mente de ruido, de necesidades inventadas, de deseos por cosas que nunca nos brindarán verdadera satisfacción. Yo quiero despojarme de mucho de ese ruido, necesitar menos objetos, moverme de forma más pausada y con mayor curiosidad, poner más atención a las sutilezas. Veo a mis hijos como pequeños maestros que me impulsan a vivir en el momento, a buscar palabras para lo intangible, a explorar, a imaginar nuevas posibilidades frente a lo desconocido. Me recuerdan que las cosas en realidad valen poco en contraste con las experiencias.

Deseo un fin de semana pausado, lo cual parece contradictorio con tener hijos chiquitos, pero en realidad no lo es. Se trata de saborear los momentos, por ajetreados que sean. Que nuestro paso por este puntito del universo valga la pena, porque es lo único que tenemos.

Valentina, valentía

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Me cae bien mi Valentina.

Sí, es muy femenina; mucho más que yo. Le gusta usar faldas, ponerse brillito en los labios y moños en la cabeza. Juega a las muñecas y su favorita es Rapunzel. Lo curioso es que en sus juegos, Rapunzel es mucho más atrevida e interesante que en el cuento: anda en bicicleta sobre el tejado de una casa, viaja sola a islas recónditas y nunca se quiere casar con Max Godín (así le puse a su muñeco Ken, porque tiene un estilo de vestir muy oficinista). Y en cierto modo, así es Vale.

Es bastante más intrépida de lo que yo era a su edad. Le gusta correr y lo hace rápido – todos los días hace carreras con su papá y sospecho que es uno de sus momentos favoritos del día. En la escuela, suele jugar con niños: dice que sus juegos son más divertidos. Las niñas juegan a la casita y a veces se une a la dinámica, pero usualmente prefiere imaginar que es súper héroe, correr, volar (aunque sea de mentiras) y salvar a algunas personas. 

Habla fuerte y pregunta muchas cosas; le gusta observar e investigar. Hasta hace unos meses, decía que de grande iba a ser pintora, pero después hizo una exposisión sobre las ballenas en el kinder y decidió que preferiría ser bióloga marina. Aunque también le fascinan las estrellas, los planetas y la luna, así que quisiera ser astronauta al mismo tiempo. Y tocar tambores, porque es divertido.

No deja que los estereotipos de la feminidad le dicten quién es o será. Y le deseo que no lo permita más adelante, que permanezca fiel a sí misma: que sea bióloga marina o pintora o chef o contadora o médico, que baile ballet o practique karate, que use maquillaje o ande de cara lavada… lo que la haga feliz, no lo que otros esperen de ella. Que cuide su cuerpo porque es frágil y precioso, el único que tendrá…. pero que lo reconozca por lo que es: solamente un medio de transporte para viajar por la vida. Que sea tan osada como ahora, que se atreva a desafiar, porque sólo así podrá pavimentar su camino (me gusta que en su nombre ya lleva la valentía, al menos por escrito). Que no haga caso a quienes le digan que las niñas no corren rápido o no son buenas para las matemáticas. Que no piense que ser mujer es un terreno limitado: al contrario, es un océano lleno de posibilidades, que cambia de manera incesante. 

Finalmente, le deseo que cuando tenga mi edad, no haga falta un día de la mujer. Ojalá viva en un mundo donde realmente exista la equidad que se merece. Y si no es así… entonces lo repetiré: “Valiente, Valentina. Valiente.”

Una semilla

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Isidro Baldenegro. (Fuente: The Goldman Environmental Prize)

Para los rarámuri o tarahumaras, el bosque es sagrado y todo en su vida está vinculado a la naturaleza. Por eso, esta comunidad indígena defiende su tierra, agua y bosques, a pesar del riesgo que conlleva en la actualidad, cuando la sierra Tarahumara es devastada por la tala ilegal. Isidro Baldenegro fue un líder en esta lucha. Su padre, Julio Baldenegro, también defensor de los bosques, fue asesinado en 1986 – un crimen que nunca fue resuelto. Después de esto, el hijo tomó la estafeta y desarrolló un movimiento de no violencia para combatir la tala de pinos y robles en la sierra Tarahumara. En el 2002 y 2003, realizó marchas que condujeron a la suspensión temporal de la tala; poco después, fue encarcelado injustamente y liberado tras 15 meses. Dos años más tarde, recibió el premio Goldman Medioambiental.

El 15 de enero de este año, fue asesinado. Llevaba una década en exilio, consternado por las amenazas hacia él y su familia; el mes pasado, regresó a casa para visitar a un tío enfermo y recibió seis disparos. Los fiscales de Chihuahua afirmaron que ya identificaron al asesino y están buscándolo… Ojalá así sea y este crimen no quede impune.

Ya pasaron tres semanas, pero desde que leí la noticia, pienso en Baldenegro todos los días. El bosque es sagrado, claro que sí. Es fuerza, es vida. Produce oxígeno, es hogar para muchos animales y plantas, y gestiona el clima. Nadie tendría que luchar por él, porque nadie debería destruirlo: es evidente cuánto lo necesitamos y cuánto le debemos a éste. Sin embargo, hay intereses que pesan más que la vida y por eso han muerto dos Baldenegro, entre muchos otros activistas ambientales. (El 1 de febrero, también en Chihuahua, fue asesinado Juan Ontiveros Ramos, otro activista que también trabajó por la conservación del bosque.) Escribo esto porque creo que no se ha hablado suficiente sobre este crimen terrible (yo lo leí primero en The Guardian y después, en unos cuantos medios nacionales) y porque lo traigo como una espina en el corazón.

Y escribo de nuevo sobre la esperanza, porque es un tema recurrente en mi cabeza en estos momentos. Es en tiempos así cuando hay que buscarla y nutrirla, porque es el motor para seguir adelante. “Debemos aceptar decepciones finitas, pero nunca perder esperanza infinita”, dijo Martin Luther King Jr. Y con ella, hay que luchar por lo que creemos correcto. Es radical morir por el bosque y no todos estamos dispuestos a ello. Pero sí es nuestra responsabilidad defender la Tierra, cuidarla con el alma y el corazón, y más que una huella, dejar una semilla para el futuro.

Sí, tengo esperanza y late muy fuerte.

La La Land y una cucharada de esperanza

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la_la_land-262021831-largeEl primer mes del 2017 se pintó de un color muy oscuro, a juzgar por las notas en los periódicos y el estado de ánimo nacional. He estado sumergida en las noticias, como tantos otros, y buscando algo de luz. Ayer, como solía hacer antes de que dos personitas dependieran de mí, me refugié en el cine y vi La La Land. Lloré. Reí. Lloré otro poco. Y cuando salí de la sala, seguía con los ojos llorosos. Sobra decir que me emocioné.

Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz, conoce a Sebastian (Ryan Gosling), un pianista frustrado, y por supuesto, se enamoran. Ah, y cantan y bailan. Muchos de los comentarios que he escuchado sobre la película hasta ahora incluyen la frase “a mí no me gustan los musicales”. Sin embargo, siento que el director Damien Chazelle eligió el genero perfecto para esta historia. No, claro que no es realista; sí, hay momentos exagerados, comenzando por la primera escena en la que, atorados en el típico tráfico de Los Ángeles, los conductores salen de sus autos y empiezan a bailar. Pero desde esa primera escena, el género es fiel a la temática de la película: los soñadores. Porque después de un rato en el tráfico citadino, uno suele fantasear. (¿Quién no imaginó de niño que su coche pudiera volar sobre los demás, por ejemplo?)

El género del musical permite que nos desapeguemos de la realidad: esto que vemos en la pantalla claramente es un sueño… y qué bonito es. Y así, uno se deja atrapar en medio de la historia de amor y seducir por la surrealidad. (También ayuda que la química entre Ryan Gosling y Emma Stone es hipnótica y que resulta fácil enamorarse de cualquiera de los dos.) Los personajes se frustran, se desesperan, se equivocan, pero siguen adelante para hacer realidad aquello que tanto anhelan. Dejan claro que los soñadores hacen locuras, como meterse descalzos al Sena, pero bien valen la pena. Al final, tras esa última secuencia onírica (con homenaje conmovedor a Casablanca incluido), dan ganas de seguir imaginando, deseando, luchando.

Al menos para mí, La La Land es la película que necesitaba en esta época. Leo las noticias todos los días y tengo suficiente dosis de realidad. Lo que hace falta es esperanza y para recuperarla, necesitamos soñar. Y una vez dibujado el sueño, dedicarle la vida.

El paisaje

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¿Por qué resulta tan difícil asomarse a ver el paisaje?

Estoy agotada todo el tiempo. Cuido a Gabriel durante la mañana y después de recoger a Vale en la escuela, la carga se duplica. Ambos exigen atención, ayuda, comida, limpieza, juegos. Y yo estoy ahí, respondo a sus peticiones con cariño (aunque a veces con la paciencia muy corta), pero lo que realmente quisiera es una siesta. En la noche, cuando los niños sucumben al sueño, ceno con Santiago, platicamos un poco y después, en cuanto mi cabeza toca la almohada, me quedo dormida. A veces no han pasado ni cinco minutos cuando Gabriel vuelve a despertar. Lo saco de la cuna y comienza otra madrugada inquieta, con un bebé que no logra acomodarse y rueda y rueda, a veces a mi lado y a veces encima de mí.

El cansancio influye en mi estado de ánimo, en mi relación con los demás y en mi percepción del mundo. Olvido enlistar las cosas que agradezco, olvido que soy afortunada. Estoy viva, tengo un hogar, tengo salud. Mis hijos son felices, crecen sanos y fuertes, y me enseñan cosas nuevas todos los días. Tengo una familia que me quiere. No somos ricos (y probablemente nunca lo seremos) pero no nos falta nada. Mis amigos son pocos pero son sensibles, inteligentes, creativos y un gran apoyo… y tengo la suerte de estar casada con el mejor de ellos.

Luego, están todos esos detalles que enriquecen mi vida: las risas de mis hijos cuando juegan juntos, la inigualable delicia del primer café del día, ese ratito en que escapo a un universo paralelo a través de la lectura, la emoción de descubrir una nueva receta, cantar una canción consentida, cuando llega Santiago a la casa y Vale corre a la puerta para recibirlo, o cuando me entrega una flor de buganvilia y dice: “esta es para ti”.

Sí, ser mamá es difícil. Pero nadie dijo que fuera fácil y además, en el esquema general de las cosas, es una dificultad pequeña. Sólo es la vida siguiendo su curso, con lo bueno y lo malo. Además, es unidireccional, sin posibilidad de retorno. Así que si uno no se asoma a ver el paisaje, se lo pierde para siempre. Este cansancio sólo es parte del equipaje, así que lo pongo en la cajuela, respiro hondo y me asomo por la ventana.