Hace un par de semanas, dejé la oficina temporalmente, en la espera de que llegue el pasajero. Se supone que éste debería ser un período de descanso, pero en realidad, han sido días intensos. Estoy preparando todo para el bebé y además, tengo varios proyectos entre manos – quiero aprovechar las semanas antes de que nazca este chamaco y me quede sin tiempo para todo lo que no sea él/ella.
Dos de estos proyectos son videos para mis abuelas. Este año, una cumple 80 y la otra, 90. No es que yo sea una experta en la realización de videos. Pero me fascina sumergirme en la historia familiar.
Me atraen los álbumes de fotos polvorientos, repletos de momentos pasados, de personas que a pesar de los años siguen siendo iguales y de otras que ya no están con nosotros. Me encanta conocer a mis abuelos a través de estas fotos y las palabras de mis papás y mis tíos. Puede parecer irrelevante que mis abuelos maternos tomaran agua de limón con tequila en su luna de miel, pero estos son detalles que a mí me traen una sonrisota a los labios.
Me encanta recorrer el árbol genealógico y repasar mis orígenes. Se me ocurren pocas actividades tan apropiadas precisamente ahora, que está por crecer una nueva rama en ese árbol. Qué increíble hacer un recorrido en reversa justo antes de dar un paso hacia delante. Porque estoy convencida de que la historia familiar nos marca. Y lo más interesante de todo es hacernos conscientes de esas huellas.