Cambiar de casa es desgastante. Y eso que a mí no me dejan cargar cosas pesadas.
La última semana de mi vida ha implicado vivir rodeada de cajas, buscar el espacio ideal para cada pertenencia, limpiar una y otra vez, acostumbrarse a ruidos nuevos (sobre todo por las noches)… El ofta y yo terminamos cada día agotados y cerramos los ojos en cuanto posamos la cabeza en la almohada.
Pero después de todo ese cansancio, llega un momento mágico, cuando la casa nueva deja de ser un espacio desconocido para convertirse en hogar. Los cuadros llegan a las paredes que les corresponden, los libros y las películas encuentran dónde reposar, tienes todas las herramientas listas para cocinar una comida decente y las habitaciones se llenan de detalles que son sólo tuyos.
Anoche, sentados frente a un concierto de los Black Keys que hacía vibrar la televisión y devorando dos platos de espagueti con verduras, sentí que el doc y yo finalmente habíamos llegado a nuestra casita de árbol. Qué plenitud…
